Práctica 6. Educación en 2050. ChatGPT.
La escuela de la penumbra
En 2050, la educación ya no empezaba con una campana, sino con el cierre hermético de las puertas.
Cada mañana, las compuertas del Sector Escolar descendían lentamente hasta encajar en el suelo con un golpe metálico. Los estudiantes ya no llegaban desde la calle, ni traían el frío en las manos, ni el olor de la lluvia en la ropa. Llegaban desde túneles subterráneos, iluminados por luces artificiales, porque nadie podía salir al exterior.
Después de los Grandes Veranos, la atmósfera quedó dañada y el Sol comenzó a emitir una radiación UVA letal. Bastaban unos minutos fuera para quemar la piel, dañar los ojos y contaminar la sangre. Al principio, las ciudades intentaron resistir en la superficie, pero pronto las ventanas fueron selladas, los patios clausurados y la vida humana descendió bajo tierra.
Nira tenía doce años y nunca había visto el cielo real.
Lo conocía por imágenes, por archivos antiguos y por las reconstrucciones de la inteligencia artificial educativa. En su escuela no había ventanas ni excursiones. Las clases de ciencias se hacían con muestras recogidas por robots; la geografía, con mapas de satélite; la educación física, en cámaras de movimiento; y los recreos, en salas donde se proyectaban sonidos de viento, hojas y pájaros.
La inteligencia artificial se había convertido en la gran puerta al mundo. Cada estudiante tenía una guía personalizada que adaptaba las lecciones a su ritmo, explicaba los errores y reconstruía lugares que ya no podían visitarse: bosques, playas, ciudades, montañas. Gracias a ella, los alumnos sabían más que nunca. Pero también dependían de algo que no podían comprobar con sus propios sentidos.
Por eso, la asignatura más importante se llamaba Lectura de Realidad.
José Rovira, el profesor del aula 7B, insistía en que aprender no era solo recibir información.
—La IA puede mostraros el mundo —decía—, pero no debe pensar por vosotros.
Aquel día, la pared del aula se iluminó con la imagen de un bosque del año 2020. Había árboles altos, un arroyo y una luz dorada atravesando las ramas. La inteligencia artificial explicó que la reconstrucción tenía un 92,3 % de fiabilidad.
José Rovira detuvo la imagen.
—¿Qué veis?
—Un bosque —respondió un alumno.
Nira observó mejor. Vio la belleza, pero también la perfección extraña de las hojas, el movimiento demasiado limpio del agua.
—Vemos una reconstrucción de un bosque —dijo.
Rovira sonrió.
—Exacto. Esa diferencia es el principio del pensamiento crítico.
En 2050, las evaluaciones ya no consistían en memorizar respuestas. Los alumnos investigaban problemas reales: cómo cultivar sin Sol, cómo reciclar el agua, cómo conservar semillas, cómo preparar un futuro regreso a la superficie. Se valoraba el proceso: las dudas, los errores, las fuentes consultadas y la utilidad de cada proyecto para la comunidad.
Nira trabajaba en un diseño de jardines nocturnos automatizados. Soñaba con que pequeños cultivos pudieran abrirse durante las horas sin luz, protegidos por cubiertas inteligentes y atendidos por robots. No podía tocar la tierra, pero estudiaba sus propiedades mediante sensores. No podía oler una planta, pero aprendía cómo respiraba.
Una tarde preguntó a José Rovira:
—Profesor, ¿se puede conocer algo que nunca hemos tocado?
Él miró la pantalla apagada.
—Se puede conocer —respondió—, pero no de la misma manera.
Días después, llevó al aula una caja transparente. Dentro había un fragmento de corteza de pino, recogido por un robot en una misión nocturna. Nadie podía tocarlo, pero todos guardaron silencio ante aquel pequeño trozo real del exterior.
—La educación existe para esto —dijo Rovira—. Para que el mundo no se convierta solo en una imagen.
Nira comprendió entonces que estudiar en 2050 no significaba únicamente adaptarse a la oscuridad. Significaba aprender a distinguir entre ver y comprender, entre recordar y reconstruir, entre sobrevivir y esperar.
Aquella noche escribió en su cuaderno:
“Aprender es recordar lo que no hemos vivido y prepararnos para recuperar lo que todavía no está perdido.”
Sobre la ciudad subterránea, el Sol seguía ardiendo con una luz imposible. Pero bajo tierra, en un aula sin ventanas, una niña aprendía a imaginar el regreso.
Cuestiones relacionadas con el uso de la IA:
A. ¿Qué opinas del uso de la IA en Educación?
Creo que la IA en educación puede ser muy útil si se utiliza de forma adecuada. Puede ayudar a explicar temas difíciles, resolver dudas, adaptarse al ritmo de cada estudiante y facilitar la realización de trabajos de una manera más rápida y creativa. No obstante, pienso que no debe sustituir al profesor ni al esfuerzo personal del alumno. Detrás de su uso siempre debe haber una persona que guíe, revise y valore lo que la IA propone, para poder sacar conclusiones críticas y no aceptar los resultados sin pensar.
B. ¿Ha sido difícil su uso? Comenta si te ha ayudado o te ha dificultado el trabajo.
El uso de la IA no me ha resultado especialmente difícil, ya que me ha ayudado a crear tanto el texto como las imágenes del relato. Aun así, he comprobado que no basta con aceptar la primera respuesta que ofrece, puesto que ha sido necesario revisar, corregir y reformular varias veces las indicaciones para conseguir un resultado más ajustado a lo que quería expresar. Por tanto, la IA me ha facilitado el trabajo, pero también ha requerido atención y criterio para personalizar el contenido y mejorar el resultado final.
C. El relato que has obtenido ¿es similar al que tú hubieras escrito?
Sí, el relato se parece bastante a la idea que yo quería desarrollar, porque se ha creado siguiendo mis indicaciones y las pautas que tenía en mente. Aun así, creo que la IA ha aportado un estilo más elaborado y original de lo que yo habría escrito por mi cuenta. Por eso, considero que el resultado final combina mis ideas con las aportaciones creativas de la IA.
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