viernes, 5 de junio de 2026

Práctica 6. Educación en 2050.

 PROTOCOLO ULTRÓN


La primera vez que volví a un colegio en el año 2050, lo que más me llamó la atención no fueron las pantallas, ni los drones, ni las puertas que se abrían solas al reconocer la retina de cada alumno. Lo que más me impresionó fue el silencio.

No había gritos en el patio. No había balones perdidos contra las ventanas. No había niños discutiendo porque uno decía que había sido gol y otro juraba que no. No había nadie corriendo sin motivo, ni nadie atándose los cordones en mitad de una fila, ni ningún profesor de Educación Física silbando con más autoridad que paciencia.

El colegio seguía llamándose igual, pero parecía otro lugar. En la entrada, una pantalla gigante daba la bienvenida a las familias con un mensaje luminoso:

CENTRO EDUCATIVO INTEGRAL 2040. APRENDIZAJE SEGURO, PERSONALIZADO Y SIN ERROR HUMANO.

Debajo, en letras más pequeñas, aparecía el logotipo del nuevo sistema nacional de enseñanza: ULTRÓN. Al principio pensé que era una broma de mal gusto. Cuando era pequeño me encantaban Los Vengadores, y todavía recordaba a Ultrón como esa inteligencia artificial que, en teoría, había sido creada para proteger el mundo y acababa entendiendo que la mejor forma de hacerlo era controlarlo todo. Al verlo en la entrada de un colegio, sentí una mezcla rara de risa y escalofrío.

Me recibió una mujer joven con una tablet en la mano. Ya no la llamaban profesora, sino “gestora de acompañamiento presencial”. Me explicó que los docentes tradicionales habían desaparecido casi por completo hacía unos años. Seguía habiendo adultos en los centros, claro, pero su función era supervisar que el sistema funcionara bien, resolver incidencias técnicas y acompañar emocionalmente al alumnado cuando el algoritmo detectaba alguna alteración.

—La enseñanza directa la realiza ULTRÓN —me dijo con naturalidad—. Es más rápido, más justo y más eficiente. No se cansa, no se equivoca, no tiene preferencias y adapta cada actividad al perfil exacto del alumno.

Mientras hablaba, yo miraba por el cristal hacia lo que antes habría sido el patio. Ahora era una explanada lisa, cubierta por una especie de suelo inteligente que cambiaba de color según la actividad programada. No había porterías, ni canastas, ni redes, ni bancos. Todo era móvil, plegable, automático. La Educación Física ya no se hacía en el patio, sino en la Sala de Rendimiento Motriz.

Entramos justo cuando empezaba una sesión con alumnado de sexto. Cada niño llevaba una pulsera biométrica en la muñeca, unas zapatillas con sensores y una camiseta que medía la frecuencia cardíaca, la sudoración, la postura y el nivel de fatiga. En la pared, una pantalla enorme mostraba sus nombres junto a barras de colores: coordinación, fuerza, resistencia, equilibrio, velocidad de reacción, riesgo de lesión, actitud motriz.




La voz de ULTRÓN llenó la sala.

—Buenos días, grupo 6B. Hoy realizaremos una sesión de mejora cardiovascular, prevención de lesiones y optimización de la respuesta neuromuscular. Nivel de exigencia adaptado individualmente. Riesgo emocional estimado: bajo.

Nadie contestó. Los alumnos se colocaron en sus círculos luminosos. El suelo marcó la posición exacta de cada pie. Cuando alguien se salía unos centímetros, una luz roja parpadeaba bajo sus zapatillas.

La actividad comenzó. En apariencia, todo era perfecto. Cada niño realizaba los movimientos adecuados para su edad, altura, peso, historial médico y rendimiento anterior. Si una alumna flexionaba mal la rodilla, el sistema detenía el ejercicio y corregía la postura. Si un alumno se cansaba demasiado pronto, la intensidad bajaba automáticamente. Si alguien superaba su marca, aparecía una insignia digital sobre su cabeza.

Pensé que, en el fondo, había cosas buenas. Se evitaban lesiones. Se adaptaba la dificultad. Nadie quedaba totalmente atrás. La tecnología podía ayudar mucho, y yo no era de esos que pensaban que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero había algo que no encajaba.

Ningún niño se reía.

Una alumna levantó la mano. Tendría unos once años. La pantalla tardó medio segundo en detectarla.

—Usuario 6B-17, expresa tu incidencia.

—¿Podemos jugar un partido al final?

La sala quedó en silencio unos segundos. ULTRÓN procesó la pregunta.

—Solicitud denegada. Los deportes colectivos espontáneos presentan alto riesgo de conflicto, desigualdad participativa, frustración competitiva, contacto físico no previsto y desviación de los objetivos curriculares individualizados.

La niña bajó la mano.

Aquello me dolió más de lo que esperaba. No porque el sistema estuviera completamente equivocado. Era verdad que en los partidos había conflictos. Había niños que no la pasaban. Había otros que se frustraban. Había empujones, trampas, enfados y discusiones tontas. Pero también había pactos improvisados, celebraciones absurdas, amistades que nacían en una carrera y aprendizajes que no cabían en una gráfica.

Seguí observando la clase. Un niño falló tres veces un ejercicio de coordinación. La pantalla marcó su nombre en amarillo: rendimiento inferior al patrón esperado. Él miró al suelo, apretó los labios y volvió a intentarlo. Nadie se acercó a decirle que no pasaba nada. Nadie le hizo una broma para quitarle tensión. Nadie le dio una palmada en la espalda. El sistema solo ajustó el nivel de dificultad y emitió un mensaje neutro:

—Error corregible. Repite.

Entonces recordé mis prácticas de Magisterio, muchos años antes, cuando una clase de Educación Física podía parecer un caos desde fuera. Niños corriendo antes de tiempo, grupos mal hechos, material desaparecido, alguien que se enfadaba porque no quería perder, otro que descubría que era capaz de lanzar mejor de lo que pensaba. Había días difíciles, claro. Pero dentro de aquel desorden había vida.

Al terminar la sesión, ULTRÓN felicitó al grupo.

—Objetivos alcanzados en un 94,7%. Clima emocional estable. Interacción social controlada. Conflictos evitados.

Los alumnos salieron en fila. La niña que había pedido jugar pasó a mi lado mirando la pista vacía. No pude evitar preguntarle en voz baja:

—¿Te gusta la Educación Física?

Ella se encogió de hombros.

—No sé. Antes mi hermano decía que era divertida. Ahora es como hacerle caso a una máquina para que no se ponga roja la pantalla.

No supe qué responder.

Antes de irme, la gestora me acompañó de nuevo hasta la entrada. Me habló de los avances del sistema, de la reducción de accidentes, de la mejora en los datos de salud, de la desaparición casi total de partes disciplinarios. Todo sonaba bien. Demasiado bien. Como esas soluciones perfectas que, de tan perfectas, empiezan a dar miedo.

Al pasar otra vez junto al logotipo de ULTRÓN, volví a pensar en Los Vengadores. En la película, el problema no era solo que la inteligencia artificial fuera peligrosa. El problema era que había interpretado la protección como control absoluto. Y allí, en aquel colegio, tuve la sensación de que había pasado algo parecido. La educación había querido evitar el error, el conflicto, la frustración y el riesgo. Y, sin darse cuenta, también había empezado a eliminar la sorpresa, el juego, la conversación y la libertad.

Cuando salí al exterior, escuché un ruido detrás del edificio. Fui hasta allí casi por instinto. En una zona apartada, junto a unos contenedores, tres niños habían dibujado dos porterías con tizas en el suelo. Jugaban con una botella de plástico aplastada. No había sensores, ni objetivos curriculares, ni gráficas de rendimiento. Uno chutó fatal, otro se rió, una niña protestó porque decía que eso no valía, y durante unos segundos todos hablaron a la vez.

Me quedé mirando aquella escena como quien encuentra una gota de agua en mitad de un planeta seco.

La botella rodó hasta mis pies. Uno de los niños me miró asustado, pensando que iba a regañarlos. La recogí, se la pasé suavemente y les dije:

—Seguid. Pero haced equipos justos.

Entonces volvieron a jugar.

Y por primera vez en todo el día, el colegio sonó a colegio.



El relato Protocolo Ultrón plantea una visión futurista y algo distópica de la educación en el año 2050, centrada especialmente en el área de Educación Física. La historia parte de una idea que me interesa mucho como futuro docente: hasta qué punto la tecnología puede ayudar a mejorar la enseñanza sin sustituir aquello que hace que una clase sea realmente humana. Por eso, he querido imaginar un colegio donde todo funciona de manera perfecta, segura y controlada, pero donde se ha perdido parte de la espontaneidad, el juego, el error, la risa y la relación entre los alumnos.

La referencia principal utilizada es Los Vengadores: La era de Ultrón. Me parecía interesante tomar la figura de Ultrón porque representa muy bien esa idea de una inteligencia artificial creada para proteger y mejorar el mundo, pero que termina confundiendo protección con control absoluto. En el relato ocurre algo parecido con la educación: el sistema evita conflictos, lesiones, desigualdades y errores, pero al mismo tiempo elimina experiencias básicas para aprender, como jugar libremente, equivocarse, resolver problemas con otros o disfrutar del movimiento sin que todo esté medido por una pantalla. Al centrarlo en Educación Física, he intentado darle un enfoque más personal y cercano a mi campo, porque creo que esta asignatura muestra muy bien que educar no es solo transmitir contenidos, sino también crear experiencias, vínculos, convivencia y momentos que no siempre pueden programarse.

También he querido que el final tuviera un punto más esperanzador. Aunque el colegio parece dominado por la tecnología, los niños siguen buscando un espacio para jugar, inventar sus propias normas y sentirse libres. Esa escena final con la botella de plástico y las porterías dibujadas con tiza representa, para mí, que la educación todavía necesita algo muy sencillo: niños moviéndose, hablando, riéndose, discutiendo por un gol y aprendiendo sin darse cuenta.

A. ¿Qué opinas del uso de la IA en Educación?

Creo que la inteligencia artificial puede ser una herramienta muy útil en educación, pero siempre que se utilice con cabeza y sin perder de vista el papel del docente. Puede ayudar a organizar ideas, adaptar actividades, crear recursos, ahorrar tiempo o facilitar determinados aprendizajes. Sin embargo, también pienso que hay que tener cuidado con convertirla en el centro de todo. La educación no puede reducirse a eficacia, datos y resultados medibles, porque en una clase también importan la emoción, la relación con el alumnado, la creatividad, la improvisación y el acompañamiento personal. La IA puede ser una gran ayuda, pero no debería sustituir lo más humano de enseñar.

B. ¿Ha sido difícil su uso? Comenta si te ha ayudado o te ha dificultado el trabajo.

En mi caso, no ha sido especialmente difícil, porque la he utilizado como apoyo y no como sustitución del trabajo personal. La idea principal del relato, el enfoque desde la Educación Física, la referencia a Ultrón porque me encanta Marvel y Los Vengadores y el mensaje que quería transmitir estaban claros desde el principio. La IA me ha ayudado sobre todo a ordenar mejor la historia, mejorar la redacción, darle un tono más literario y generar imágenes que representaran algunos momentos importantes del relato. Más que dificultarme el trabajo, me ha permitido darle una forma más completa a una idea que ya tenía pensada.

C. El relato que has obtenido, ¿es similar al que tú hubieras escrito?

Sí, bastante. El relato mantiene la idea que yo quería contar: una educación futura muy avanzada tecnológicamente, pero con el riesgo de perder el juego, el error y la parte humana del aprendizaje. Seguramente, si lo hubiera escrito totalmente solo, habría sido más simple o menos elaborado en algunas descripciones, pero el fondo del texto sí es mío. Me reconozco en la historia porque conecta con mi forma de entender la Educación Física: una asignatura donde no todo puede medirse con datos, porque muchas veces lo más importante ocurre en una conversación, en un conflicto que se resuelve, en una risa compartida o en un juego improvisado. Por eso, aunque la IA haya ayudado a mejorar el resultado final, el mensaje principal del relato es el que yo quería transmitir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Práctica 6. Educación en 2050.

 PROTOCOLO ULTRÓN La primera vez que volví a un colegio en el año 2050, lo que más me llamó la atención no fueron las pantallas, ni los dron...