Práctica 6. Educación en 2050. ChatGPT
1. El proceso con ChatGPT
Antes de empezar a escribir quiero explicar brevemente cómo he construido este relato. Soy estudiante china en un máster en España, así que pensé que sería interesante mezclar las dos realidades que conozco. Por eso, al hablar con ChatGPT, intenté guiarlo con instrucciones bastante concretas para que el texto no me saliera demasiado genérico. Le pedí lo siguiente:
Que la protagonista fuera una estudiante china viviendo en Alicante en el año 2050, y que apareciera la sensación de estar entre dos países a la vez. Que el tono fuera melancólico pero no triste del todo, con un punto de esperanza al final. Que se mezclaran elementos cotidianos de la vida universitaria española (la cafetería, la biblioteca, los exámenes de junio) con escenas que reflejaran la educación china (el peso del gaokao, la presión familiar, las clases nocturnas). Que apareciera la inteligencia artificial integrada en la rutina escolar, pero sin que el relato fuera ciencia ficción exagerada. Que el final no tuviera una moraleja demasiado evidente, porque quería que el lector pensara por sí mismo. Y, por último, que no usara guiones largos al introducir diálogos, porque visualmente me gusta más cuando se marcan con comillas.
Tuve que reescribir el prompt varias veces. Las primeras versiones que me daba ChatGPT eran demasiado utópicas, todo perfecto, todo bonito, y yo quería algo más parecido a la vida real, donde las cosas buenas y malas conviven. Cuando le pedí que añadiera contradicciones (alumnos que dependen demasiado de la IA, profesores cansados, familias que vigilan a sus hijos a distancia), el texto empezó a sonar más humano.
2. El relato: Cartas que nunca envié
En la primavera de 2050, Alicante seguía oliendo a azahar.
Lo recuerdo porque fue lo primero que pensé cuando aterricé en aquel campus que ya no se parecía al que mi madre había visitado conmigo veinticinco años antes. Los edificios eran los mismos, más o menos, pero las paredes habían aprendido a hablar. Cuando pasabas cerca de un aula, la pared te decía en mandarín, en español o en árabe qué clase se estaba dando dentro, según el idioma que tu pulsera detectara como prioritario. A mí me hablaba siempre en chino, aunque yo llevara veinticuatro años viviendo aquí.
Me llamo Zeng Zhijuan, aunque mis compañeros españoles me dicen Aitana, porque les cuesta menos pronunciar mi nombre chino y porque, después de tantos años aquí, ya casi siento ese nombre como mío. Doy clases de Literatura Comparada en la Universidad de Alicante, en un programa híbrido que compartimos con la Universidad de Shenzhen. Por las mañanas atiendo a mis alumnos en España. Por las tardes, gracias a la diferencia horaria, doy seminarios en Shenzhen mediante un avatar holográfico que se sienta delante de una clase de allí mientras mi cuerpo está aquí. Mi madre dice que esto es un milagro. Mi abuela, que todavía vive con sus noventa y tantos años, dice que parece cosa de fantasmas.
Las dos tienen razón.
En el aula de los lunes intento explicarles a Cervantes. O más bien, lo intento. Porque mientras yo hablo, las lentillas inteligentes de mis alumnos ya les están mostrando resúmenes, mapas conceptuales, traducciones automáticas al chino, al inglés, al francés, y hasta sugerencias de qué deberían sentir al leer cada capítulo. Una alumna levantó la mano la semana pasada y preguntó, con toda inocencia, si Don Quijote era un personaje real o si lo había generado alguna IA antigua. Me quedé callada unos segundos. Luego sonreí como sonríen las personas cuando no saben si llorar o reír.
"Era real en el sentido en el que lo somos nosotros", contestó. Nadie entendió la respuesta, pero todos asentimos.
En China, según me cuenta mi sobrino Lei por videollamada, las cosas son distintas. Allí también hay IA, claro, mucha más que aquí. Pero el gaokao sigue existiendo. Lo intentaron sustituir por una evaluación continua hecha por algoritmos, pero las familias protestaron. Decían que sin gaokao no había justicia, que la máquina podía ser comprada y el examen no. Así que los estudiantes chinos de su edad siguen estudiando hasta las dos de la madrugada, igual que yo cuando era joven, solo que ahora con un tutor de IA que les corrige cada respuesta antes incluso de que terminen de escribirla. Lei me dice que algunos compañeros suyos ya no saben pensar sin esa voz susurrándoles al oído. Dice que él tampoco está seguro de saber.
Aquí en Alicante es distinto. La gente se queja menos, o por lo menos se queja de otras cosas. Los estudiantes se quejan de que la IA corrige los exámenes con un criterio raro, de que las becas se asignan según un algoritmo que nadie entiende del todo, de que los profesores ya no tenemos tiempo para sentarnos con un alumno porque estamos ocupados rellenando informes que nos pide el sistema. En realidad, a los profesores también nos vigilan. Cada clase nuestra genera estadísticas: cuánta atención conseguimos mantener, cuántas veces se rio el alumnado, cuánta variación tonal usó nuestra voz. Tiana, mi compañera de departamento, a veces me dice en el café, en broma pero no tanto, que ella ya no enseña literatura, que enseña métricas.
Lo más extraño de estudiar aquí siendo china es la pregunta que me hacen a veces los compañeros españoles. Me preguntan si en mi país la gente es más feliz porque hay más tecnología, o si es menos feliz porque hay más control. Yo nunca sé qué contestar. Creo que la felicidad no funciona así. Mi abuela, que nunca ha tenido lentillas inteligentes ni pulsera neuronal ni nada, parece más tranquila que yo. Pero también es verdad que ella nació en un mundo donde aprender significaba copiar caracteres durante horas en silencio, y a lo mejor ese silencio era una forma de paz que yo ya no voy a conocer.
La semana pasada, en clase, decidí hacer algo que llevaba meses queriendo probar. Les pedí a mis alumnos que apagaran las lentillas y que escribieran a mano una carta a alguien que nunca fuera a leerla. Yo también escribí una, sentada en mi mesa, mientras ellos garabateaban en silencio. Escribí una carta a la Zhijuan de veinticuatro años, la que aterrizó en Alicante en 2026 con dos maletas y un español que apenas servía para pedir un café, la que el primer mes se sentaba en clase del máster sin entender casi nada y se iba a casa a llorar un rato antes de volver a abrir los libros. Le dije que todo iba a salir bien, aunque no estoy del todo segura de que sea verdad. Le dije que iba a aprender un idioma nuevo de verdad, no el de los manuales, que iba a leer libros que la harían llorar por otras razones, que iba a quedarse en este país y dar clase en él, y que un día, mucho más adelante, les pediría a sus propios alumnos escribir una carta sin máquinas, y esa carta sería la cosa más parecida a un abrazo que les pudiera ofrecer.
Cuando terminé, miré alrededor. Algunos alumnos lloraban. Otros, los más jóvenes, miraban el papel sin saber muy bien qué hacer con él. Una chica española de diecinueve años se acercó al final de la clase y me preguntó si en chino también se podía escribir cartas a mano. Le dije que sí, que mi abuela todavía lo hace. Ella se quedó pensando un rato y luego dijo que le gustaría aprender.
No sé cómo será la educación dentro de treinta años más, en 2080. Igual para entonces ya ni siquiera existan las aulas físicas y todo se haga directamente desde la cabeza, sin papel, sin voz, sin gestos. O igual, quién sabe, pase lo contrario, y la gente vuelva a juntarse en sitios pequeños a leer en voz alta porque echará de menos el sonido de las palabras. Yo, mientras tanto, sigo guardando esa carta que escribí a mano. La llevo en la mochila, doblada en cuatro. A veces, cuando la IA me pregunta si quiero digitalizarla para conservarla mejor, le digo que no. Le digo que prefiero que se vaya borrando despacio, igual que se borran las cosas humanas.
Porque a lo mejor aprender, en el fondo, también es eso: saber qué cosas merece la pena perder.
3. Respuestas a las preguntas del profesor
A. ¿Qué opinas del uso de la IA en Educación?
Como estudiante china en España, tengo una opinión un poco partida sobre esto. En China la IA lleva más tiempo metida en las aulas y se nota: hay cosas muy buenas (los alumnos de zonas rurales tienen acceso a recursos que antes ni soñaban) y cosas muy preocupantes (la presión académica ha aumentado, porque ahora se puede medir todo y los padres lo miden todo). Aquí en España la integración es más lenta, y eso a veces me parece bueno, porque da tiempo a pensar qué queremos hacer con esta herramienta antes de aplicarla en todas partes. Creo que la IA en educación no es ni buena ni mala por sí misma, depende mucho de quién la use y de para qué. Lo que sí me preocupa es que los estudiantes, sobre todo los más jóvenes, dejen de tolerar el esfuerzo. Aprender de verdad cuesta. Si la IA hace que todo sea inmediato, igual estamos enseñando a la gente a no saber esperar, y eso, fuera del aula, también afecta a cómo vive uno la vida.
B. ¿Ha sido difícil su uso? Comenta si te ha ayudado o te ha dificultado el trabajo.
Para mí, que escribo en español como segunda lengua (mi lengua materna es el chino mandarín), ChatGPT me ha ayudado bastante con la parte formal del idioma. Me ha permitido revisar expresiones que no sonaban del todo naturales y ajustar el tono. Pero la verdad es que la primera versión del relato que me generó no me gustó. Era demasiado bonita, demasiado redonda, sin contradicciones. Tuve que pedirle varias veces que añadiera elementos que a mí me importaban (la perspectiva china, la abuela, el detalle de las cartas a mano) hasta que el texto empezó a parecerse a algo que yo realmente quería contar. Así que sí me ha ayudado, pero solo después de pelearme un poco con ella. Si le hubiera pedido un relato sin más, sin guiarla, me habría salido algo que podría haber escrito cualquiera.
C. El relato que has obtenido, ¿es similar al que tú hubieras escrito?
En parte sí y en parte no. Las ideas centrales son mías: la protagonista china en Alicante, la abuela, la carta a mano, la mezcla de los dos sistemas educativos. Eso lo decidí yo antes de hablar con la IA. Pero la forma en la que están escritas algunas frases sí es de ChatGPT, sobre todo las descripciones más literarias del campus y de la ciudad. Si lo hubiera escrito yo sola, seguramente el español me habría salido más simple, con frases más cortas, y probablemente con algún error que ahora no está. No sé si eso es mejor o peor. A veces pienso que los errores también dicen algo sobre quién escribe, y que un texto demasiado pulido pierde un poco de identidad. Por eso, aunque firme yo este relato, no me considero del todo su única autora. Diría que somos dos: yo, que puse la historia y la mirada, y ella, que puso parte de las palabras. Y a lo mejor el lector, cuando lo lee, también pone algo suyo. Y entonces ya somos tres.
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