PRÁCTICA 6. EDUCACIÓN EN 2050. CHAT GPT
Andrea García
Para realizar esta práctica, le pedí a Chat GPT que elaborara un relato literario sobre cómo sería la educación en 2050. A modo de guía le dije que tenían que aparecer las siguientes referencias:
- Que el relato tuviera lugar en España y a ser posible en una capital.
- Que el relato fuera emotivo y un poco desgarrador.
- Que el relato diera pie a la reflexión, incluyendo una moraleja/enseñanza final.
- Que aparecieran drones y la inteligencia artificial.
- Que se reivindicara el papel del docente.
- Que fuera un relato ligado a la literatura.
- Que el relato incluya 'problemas actuales'
Pd: He marcado aquellas frases que me resultan más significativas. Tanto por su carga emocional como por el significado.
1- Predicciones educativas negativas y positivas sobre la educación en 2050 (con Chat GPT)
En el otoño de 2050, Madrid ya no sonaba igual.
Los patios de los colegios seguían llenos de voces, pero muchas no pertenecían a niños reales.—Hoy tienes tres alumnos con ansiedad predictiva, dos con déficit de atención aumentado y uno con riesgo de abandono escolar.
Sobre el papel, era un milagro.
El fracaso escolar en España había caído al mínimo histórico. Los niños de pueblos remotos tenían acceso a los mismos recursos que los de los barrios ricos de Madrid o Barcelona. Las traducciones automáticas permitían integrar a estudiantes inmigrantes en semanas. Los alumnos con discapacidad podían personalizar absolutamente toda su experiencia educativa.
Y, sin embargo, algo se había roto.
Claudia lo veía cada día.
Sus alumnos escribían redacciones perfectas, pero apenas sabían discutir una idea propia. Las inteligencias artificiales corregían la sintaxis, sugerían metáforas y hasta proponían emociones plausibles para cada párrafo. Muchos adolescentes ya no distinguían entre lo que habían pensado ellos y lo que había generado el sistema.
En una ocasión preguntó en clase:
—¿Qué sentís al leer a Lorca?
Hubo silencio.
Finalmente, una chica respondió:
—¿Quiere la respuesta emocional recomendada o la auténtica?
Aquella frase persiguió a Claudia durante semanas.
Pero no todo era oscuro.
En los barrios más humildes, donde décadas antes faltaban profesores, ahora existían tutores holográficos gratuitos las veinticuatro horas. Los niños hospitalizados podían asistir a clase mediante avatares robóticos. Las universidades públicas españolas, apoyadas por sistemas de IA, habían reducido enormemente las tasas de abandono. Por primera vez, muchos estudiantes con dificultades económicas conseguían terminar carreras complejas gracias a itinerarios flexibles y personalizados.
Incluso la vieja selectividad había desaparecido.
En 2050, nadie se jugaba el futuro en un examen de cuatro días. La evaluación era continua y analizaba años de trabajo, creatividad, cooperación y pensamiento crítico… al menos en teoría.
Porque también había aparecido un nuevo problema: la vigilancia.
Todo quedaba registrado.
Las pausas para mirar por la ventana. El ritmo cardíaco durante un examen. Las veces que un alumno dudaba antes de responder. El sistema educativo español conocía a los estudiantes mejor que sus propias familias.
Y las grandes empresas tecnológicas empezaron a interesarse demasiado por esos datos.
Los mejores perfiles académicos recibían ofertas laborales antes de cumplir dieciocho años. Algunos alumnos eran prácticamente “marcados” desde niños: futuros ingenieros, futuros médicos, futuros trabajadores precarios. La promesa de igualdad comenzaba a parecerse peligrosamente a una nueva forma de clasificación social.
Una tarde de diciembre, Claudia decidió hacer algo extraño.
Apagó todas las pantallas del aula.
Los estudiantes protestaron inmediatamente; varios no sabían ni tomar apuntes a mano.
Ella repartió hojas de papel.
—Hoy solo vais a hacer una cosa —dijo—: pensar.
Sin asistentes virtuales. Sin búsquedas instantáneas. Sin algoritmos que completaran frases.
Al principio nadie escribió nada.
Luego, lentamente, empezaron a aparecer palabras torcidas, dudas, tachones, ideas imperfectas. Un chico levantó la mano y preguntó:
—Profesora… ¿y si me equivoco?
Claudia sonrió.
—Entonces estarás aprendiendo de verdad.
Afuera, Madrid seguía iluminada por anuncios interactivos y autobuses autónomos. España presumía ante Europa de tener el sistema educativo más avanzado del continente. Y quizá era cierto.
Pero aquella tarde, en una pequeña aula silenciosa, una profesora comprendió que el futuro de la educación no dependería únicamente de la tecnología.
Dependería de que los seres humanos recordaran para qué sirve realmente aprender.
2- ¿Cómo serán mis clases (siendo docente) en 2050? (con Chat Gpt)
En 2050, llegas al instituto a las ocho menos cuarto de la mañana, aunque ya has dado tu primera clase antes incluso de salir de casa.
Mientras desayunabas, una inteligencia artificial educativa había conectado contigo para resumirte el estado emocional y académico de tus alumnos. El sistema detectó que Lucía durmió solo cuatro horas, que Karim lleva días participando menos y que dos estudiantes podrían estar usando asistentes ilegales para generar trabajos automáticamente.
Tu jornada comienza mucho antes de cruzar la puerta del aula.
El edificio apenas se parece a los centros educativos de principios de siglo. Ya no existen filas de pupitres ni pizarras tradicionales. Las aulas son espacios modulares: las paredes cambian de color según la actividad, las mesas se reorganizan solas y las ventanas proyectan escenarios inmersivos. Hoy, por ejemplo, enseñarás la Guerra Civil española mientras los alumnos “caminan” virtualmente por el Madrid de 1936.
Cuando entras, algunos estudiantes están físicamente presentes; otros aparecen mediante avatares holográficos desde distintas ciudades de España. La educación híbrida se volvió habitual después de las grandes crisis sanitarias y climáticas de los años treinta.
—Buenos días, profesora —dice una voz metálica.
No es un alumno. Es AULA, el asistente docente del centro. Cada profesor tiene uno. Corrige ejercicios, organiza materiales, adapta contenidos y responde dudas básicas fuera del horario escolar. Gracias a eso, tienes más tiempo para preparar actividades creativas… aunque, en el fondo, sospechas que también ha reducido parte de tu autoridad.
Antes eras quien poseía el conocimiento.
Ahora eres quien ayuda a orientarse dentro de él.
Tus alumnos ya no memorizan fechas, fórmulas o definiciones como antes. Toda la información está integrada en lentes inteligentes y dispositivos neuronales autorizados por el Ministerio de Educación. Lo importante es interpretar, relacionar, debatir y crear.
O eso dice la ley educativa de 2044.
En la práctica, muchos estudiantes dependen demasiado de la tecnología. Algunos no saben escribir más de diez líneas sin apoyo algorítmico. Otros se frustran si una respuesta tarda más de tres segundos en aparecer.
Por eso intentas mantener pequeñas rebeldías.
Una vez por semana organizas “clases analógicas”. Papel. Bolígrafo. Conversación real. Sin pantallas.
Al principio los alumnos lo odian.
Luego ocurre algo curioso: empiezan a hablar entre ellos.
Ese día, mientras comentáis un poema de Antonio Machado, un estudiante te pregunta:
—¿Usted cree que las personas de antes pensaban mejor que nosotros?
La pregunta queda flotando en el aula.
Miras sus caras iluminadas por las pantallas transparentes, los traductores automáticos susurrando en distintos idiomas, los sistemas de atención midiendo microgestos para calcular el interés de cada alumno.
Y respondes:
—No. Pero quizá tenían más silencio para pensar.
Hay cosas maravillosas en tus clases de 2050.
Los alumnos con dificultades de aprendizaje reciben apoyo nstantáneo y personalizado. Nadie queda atrás por vivir en una zona rural. Los estudiantes pueden visitar reconstrucciones históricas completas, conversar con simulaciones de escritores muertos o colaborar en tiempo real con jóvenes de otros países.
La educación se ha vuelto más accesible, más flexible y, en muchos aspectos, más humana.
Pero también más agotadora.
Porque nunca desconectas del todo.
Las familias pueden consultar el rendimiento de sus hijos minuto a minuto. El sistema te evalúa constantemente: tono de voz, resultados emocionales del alumnado, porcentaje de atención conseguido en cada sesión. Cada clase genera estadísticas. Cada explicación deja datos.
A veces sientes que no solo enseñas: también estás siendo observada.
Sin embargo, hay momentos que siguen resistiendo al futuro.
Como cuando una alumna tímida levanta la mano por primera vez.
O cuando alguien comprende de verdad un texto difícil y se queda en silencio unos segundos.
O cuando, al terminar la clase, un estudiante se acerca y te dice:
—Hoy he pensado algo que no me dijo ninguna IA.
Entonces recuerdas por qué sigues ahí.
Porque en 2050 las máquinas enseñan contenidos, sí.
Pero todavía eres tú quien enseña a ser persona.
3- Preguntas del profesor
A. ¿Qué opinas del uso de la IA en Educación.
Es una pregunta a la que le he dado respuesta (individualmente) varias veces a lo largo de los últimos años. Creo que como se ha dicho siempre, hay que tener en cuenta dos lemas: “todo en su justa medida” y “nada en exceso es bueno” . De ahí que crea que como docentes el uso de la IA es una herramienta fundamental, teniendo en cuenta la sociedad ‘tecnológica’ en la que vivimos. Son muchas las posibilidades que nos ofrece la IA: trabajar de manera más rápida, darnos ideas, facilitar el trabajo, descubrir nuevas cosas, etc. Sin embargo, teniendo en cuenta que para mí, la sociedad sería mejor si no se les diera el móvil a los niños/as hasta las 15/16 años, creo que darle a los alumnos acceso a esta herramienta, a tan temprana edad y sin control, puede acarrear que los alumnos/as se vuelvan menos curiosos, más ansiosos, menos creativos y con una vaga concepción de lo que es el trabajo.
He sido consciente del cambio a lo largo de la carrera. Antes de que apareciera la IA, los alumnos/as se esforzaban en crear un texto propio, en pensarlo, reformularlo y encontrar las palabras adecuadas para plasmar lo que querían decir. Ahora, sin embargo, podemos ver cómo muchos de ellos lo primero que hacen es pedirle a la IA que les dé la solución. Esto conlleva una ventaja indiscutible (reducir el tiempo de trabajo y facilitarlo), pero muchas cosas negativas: estamos perdiendo la capacidad de imaginar, de pensar y sobre todo, de poder sentirnos orgullosos de que el texto creado ha sido creado por nosotros.
B. ¿Ha sido difícil su uso? Comenta si te ha ayudado o te ha dificultado el trabajo.
Me ha ayudado. Pero la razón es porque la he utilizado posteriormente, es decir, una vez que tenía claro qué quería que apareciera en el texto. Esa estrategia me ha ayudado a limitar la información que tenía que aparecer y adar presencia a la ‘moraleja’ final. En este caso la IA me ha permitido dar forma al trabajo que se me pedía y terminarlo con éxito.
C. El relato que has obtenido ¿es similar al que tú hubieras escrito?
Sorprendentemente, creo que un poco si. Es un texto que al leerlo me ha emocionado, no lo veo muy lejano a la realidad que podemos llegar a tener dentro de muchos años.
Conociéndome, creo que si yo hubiera escrito el relato, le hubiera dado más énfasis a los sentimientos a través de una prosa que indujera a la rima.
Es evidente que la rapidez que tiene Chat Gpt no la tiene una persona. Pero creo que, reivindicando lo que dije anteriormente, me sentiría mucho más orgullosa si hubiera sido yo la que hubiera escrito ese texto. Tendría algo más de ‘vida/alma’ o algo que cuando lo leyeras te produjera algo que deja claro que lo ha escrito una persona.
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